Esta breve poesía surgió espontáneamente el otro día. Muchas veces, más de las que he deseado y desearé, he pensado lo mismo que en este momento “poético”. Pero, con franqueza, cuando percibo los pitidos de esos instrumentos llamados autos; noto que somos lastimosos, por no decir lamentables, al establecer prioridades en nuestra vida y actos. La moda nos lleva sin la reflexión de la auténtica necesidad.
La distinción que da un gran auto, último modelo, o un utilitario para desplazarnos a doscientos metros de nuestro destino.
¿Es necesario tanto desplazamiento en coche?
¿Para que tenemos las piernas y sus pies?
¿Es necesario, en una ciudad, usar el coche para ir al barrio de al lado?
Parece que sí ; y precisamente Medusa, que no podía faltar en este artículo de hoy, se comporta, en esto de los autos, como una señora de verdad. Siempre va detrás y siempre tiene un conductor diferente. Aunque muchas veces es su propio marido… Cuando se pierde ,por la tarde o por la noche, solo cambia el conductor. Es lo que hay. Y no es bueno o malo; solamente es.
Para terminar esta “introducción”, más larga que el propio artículo, una última parrafada:
¡A pagar, en este caso, gasolina y chapa! (la chapa del coche nuevo y último modelo)
I )
La avenida indistinguible
Previa al pedante insano
Que yendo como peatón
Solo ve los atascos.
II)
El coche de puerta a puerta.
Nueva costumbre.
¡Nuevo Engaño!
Engaño y atasco.
Os aprecia: El pedante insano.
O sea: Constantino Carenado o Alberto Real.
“El caminante”
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